Dos torres altas,
dos miradores,
un quitamoscas,
cuatro andadores.
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María Penacho parió un muchacho, ni vivo ni muerto, ni hembra ni macho.
Es la reina de los mares, su dentadura es muy buena, y por no ir nunca vacía, siempre dicen que va llena.
Verde nace, verde se cría y verde sube los troncos arriba.
Mi reinado está en el mar, soy de peso regordeta; un día, siglos atrás, me tragué entero a un profeta aunque luego lo expulsé al pensar que estaba a dieta.
Soy chiquitito, puedo nadar, vivo en los ríos y en alta mar.
Jamás de su casa sale y corre el monte y el valle.
Me roban mi vestidura porque la fuerza es su ley y visten con mis despojos desde el esclavo hasta el rey.
Este es un animal, de tal modo original, que al ponerse cara arriba, ya no se llama igual.
No vuela y tiene un ala, no es camión y hace «cran».
Hablo y no pienso, lloro y no siento, río sin razón y miento sin intención.
