A la orilla del mar estoy,
y sin mi no hay amor.
Soy primera en el misterio
y no existo en el dolor.
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Dos son tres, tres son cuatro y cuatro son seis. ¿Qué son?
Soy la redondez del Mundo, sin mí no puede haber Dios, Papas y Cardenales sí, pero Pontífices no.
¿Qué hay en semana, en minuto y en mes, pero no en hora ni en tres?
Piensa y lo adivinarás: ¿qué tiene Adán delante que Eva tiene detrás?
Formo parte de París, en el fin del mar me encuentro, en el principio de Roma y, del Norte, estoy en el centro.
Una cosa quisicosa, de ovalada construcción, todos los hombres la tienen, pero las mujeres, no. El Obispo como todos también tiene dos.
No está nunca en la vereda, pero siempre está en la calle, nunca está con cerradura, pero siempre está con llave.
Sin ser el padre de Adán, principio y fin del alma he sido. En medio del mar y al final de la tierra, se escucha mi sonido.
Me puedes ver en tu piso, y también en tu nariz; sin mí no habría ricos y nadie sería feliz.
La última soy del cielo, en Dios el tercer lugar, me encuentras siempre en navío, y nunca estoy en el mar.
