En el principio de Roma,
tú me puedes encontrar.
Vivo en medio de París
y también al final del mar.
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A la orilla del mar estoy, y sin mi no hay amor. Soy primera en el misterio y no existo en el dolor.
En medio del cielo estoy sin ser sol, ni luna llena, sin ser lucero, ni estrella; a ver si aciertas quién soy.
Me puedes ver en tu piso, y también en tu nariz; sin mí no habría ricos y nadie sería feliz.
Formo parte de París, en el fin del mar me encuentro, en el principio de Roma y, del Norte, estoy en el centro.
La letra más alta soy, la más delgada también, la luna y el sol me llevan, el aire nunca me ve.
En el principio de Roma, tú me puedes encontrar. Vivo en medio de París y también al final del mar.
Una cosa quisicosa, de ovalada construcción, todos los hombres la tienen, pero las mujeres, no. El Obispo como todos también tiene dos.
¿Sabes de alguna letrita, que si la vuelta le das, enseguida se convierte de consonante en vocal?
Me parezco a la serpiente y en la serpiente estoy, pon a trabajar tu mente para decirme quién soy.
Casi la lleva al principio, pancarta en la mitad y amanecer ya muy al final.
