En el principio de Roma,
tú me puedes encontrar.
Vivo en medio de París
y también al final del mar.
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Casi la lleva al principio, pancarta en la mitad y amanecer ya muy al final.
Formo parte de París, en el fin del mar me encuentro, en el principio de Roma y, del Norte, estoy en el centro.
No me pronuncies dos veces que tengo sonido feo; siendo la letra del kilo en carreteras me veo.
¿Qué hay en el centro de Jérez?
Estoy en el sol, estoy en el río, y cuando camino, voy contigo.
Me parezco a la serpiente y en la serpiente estoy, pon a trabajar tu mente para decirme quién soy.
A la orilla del mar estoy, y sin mi no hay amor. Soy primera en el misterio y no existo en el dolor.
La última soy del cielo, en Dios el tercer lugar, me encuentras siempre en navío, y nunca estoy en el mar.
Una cosa quisicosa, de ovalada construcción, todos los hombres la tienen, pero las mujeres, no. El Obispo como todos también tiene dos.
Una vez en un minuto, dos veces en un momento, tres veces en mimetismo, y en cuatro, ¡no la encuentro!.
