Iba una vaca de lado,
luego resultó pescado.
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Voy con mi casa al hombro, camino sin tener patas, y voy marcando mi huella con un hilito de plata.
Mi reinado está en el mar, soy de peso regordeta; un día, siglos atrás, me tragué entero a un profeta aunque luego lo expulsé al pensar que estaba a dieta.
Del fin del estanque vengo, para mirar a los niños, a los cuales entretengo, con saltos, juegos y brincos. ¿Quién soy?
Cerca del polo, desnuda, sentada sobre una roca, suave, negra, bigotuda.
Un espléndido abanico que no produce pavor, sus alas, plumas y pico son reales, sí señor.
No lo parezco y soy pez, y mi forma la refleja una pieza de ajedrez.
Soy pequeño y alargado, en dos conchas colocado, como no puedo nadar, me pego a las rocas del mar.
Duro por arriba, duro por abajo, cara de serpiente y patas de palo.
Mil damas en un camino sin polvo ni remolino.
Chao, chao, rabito «alzao».
