Por aquel camino va
caminando quien no es gente;
adivínelo el prudente
que el nombre se quedó atrás.
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¿Qué es, qué es, del tamaño de una nuez, que sube la cuesta y no tiene pies?
Con su trompa preparada pasa a tu lado zumbando, se posa en tu piel desnuda y tu sangre va chupando.
Tiene lamparitas de luz verde y cuando es de noche las enciende.
Te doy leche y mi lana, y para hablar digo: «beeeee», si no adivinas mi nombre yo nunca te lo diré.
Nadie admira tu cantar, ni tus patas, ni tu pico, ya que todos quedan prendados de tu abanico.
Cerca del polo, desnuda, sentada sobre una roca, suave, negra, bigotuda.
Nunca camina por tierra, ni vuela, ni sabe nadar, pero aún así siempre corre, sube y baja sin parar.
Larga y lisa, larga y lisa, llevo puesta una camisa, toda bordada, bordada, sin costura ni puntada.
Es la reina de los mares, su dentadura es muy buena, y por no ir nunca vacía, siempre dicen que va llena.
Adivina, adivinajera: no tiene traje y sí faltriquera.
