Topó mi padre en la iglesia
con uno vestido de negro,
ni era fraile, ni era cura,
que era lo que dije primero.
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Un espléndido abanico que no produce pavor, sus alas, plumas y pico son reales, sí señor.
Aunque no soy florista trabajo con flores y por más que me resista el hombre arrebata el fruto de mis labores.
Todo lo lleva delante, los colmillos para la lucha y la trompa para la ducha.
Lo rascaba llorando de la crin a la cola y en él se iba trotando por una loma.
Viajeras somos de negros vestidos, debajo de las tejas hacemos los nidos.
Mi nombre lo leo, mi apellido es pardo, quién no lo adivine, es un poco tardo.
Mamífero rumiante de cuello alargado, por el desierto, errante, siempre anda jorobado.
Te doy leche y mi lana, y para hablar digo: «beeeee», si no adivinas mi nombre yo nunca te lo diré.
En alto vive, en alto mora, en alto teje, la tejedora.
En alto vive, en alto vuela, en alto toca las castañuelas.
