Topó mi padre en la iglesia
con uno vestido de negro,
ni era fraile, ni era cura,
que era lo que dije primero.
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Iba una vaca de lado, luego resultó pescado.
Tengo alas y pico y hablo y hablo sin saber lo que digo.
María Penacho parió un muchacho, ni vivo ni muerto, ni hembra ni macho.
Es blanca como la nieve, es negra como el carbón, las patas como una vela, el cuello como una hoz.
Mi casa llevo a cuestas, tras de mí dejo un sendero, soy lento de movimientos, no le gusto al jardinero.
¿Quién hace en los troncos su oscura casita y allí esconde, avara, cuanto necesita?
Soy dama cruel, temerosa, me paseo en verde prado, y todo aquel que me mira se queda muy espantado. Yo luzco un largo vestido que en tienda no fue comprado, no fue por mano de sastre, ni medido, ni cortado.
Del fin del estanque vengo, para mirar a los niños, a los cuales entretengo, con saltos, juegos y brincos. ¿Quién soy?
Adivina, adivinajera: no tiene traje y sí faltriquera.
Mil damas en un camino sin polvo ni remolino.
