Una cosa quisicosa,
de ovalada construcción,
todos los hombres la tienen,
pero las mujeres, no.
El Obispo como todos
también tiene dos.
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Formo parte de París, en el fin del mar me encuentro, en el principio de Roma y, del Norte, estoy en el centro.
A la orilla del mar estoy, y sin mi no hay amor. Soy primera en el misterio y no existo en el dolor.
Aunque diciendo mi nombre des tú casi un estornudo, hacha me tiene en su vientre pero mi sonido es mudo.
La última soy del cielo, en Dios el tercer lugar, me encuentras siempre en navío, y nunca estoy en el mar.
No me pronuncies dos veces que tengo sonido feo; siendo la letra del kilo en carreteras me veo.
León la tiene delante, Motril la lleva detrás y, justo, justo en el medio verás que la tiene Blas.
En la vaca estoy, en el viento voy, si en burro me ves en ortografía vas al revés.
Me puedes ver en tu piso, y también en tu nariz; sin mí no habría ricos y nadie sería feliz.
Soy la redondez del Mundo, sin mí no puede haber Dios, Papas y Cardenales sí, pero Pontífices no.
La última de todas soy, pero en zurdo y zapato primera voy.
