Una cosa quisicosa,
de ovalada construcción,
todos los hombres la tienen,
pero las mujeres, no.
El Obispo como todos
también tiene dos.
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A la orilla del mar estoy, y sin mi no hay amor. Soy primera en el misterio y no existo en el dolor.
Casi la lleva al principio, pancarta en la mitad y amanecer ya muy al final.
La última soy del cielo, en Dios el tercer lugar, me encuentras siempre en navío, y nunca estoy en el mar.
No me pronuncies dos veces que tengo sonido feo; siendo la letra del kilo en carreteras me veo.
Aunque diciendo mi nombre des tú casi un estornudo, hacha me tiene en su vientre pero mi sonido es mudo.
¿Sabes de alguna letrita, que si la vuelta le das, enseguida se convierte de consonante en vocal?
Me parezco a la serpiente y en la serpiente estoy, pon a trabajar tu mente para decirme quién soy.
Sin ser el padre de Adán, principio y fin del alma he sido. En medio del mar y al final de la tierra, se escucha mi sonido.
Una vez en un minuto, dos veces en un momento, tres veces en mimetismo, y en cuatro, ¡no la encuentro!.
La letra más alta soy, la más delgada también, la luna y el sol me llevan, el aire nunca me ve.
