Una cosa quisicosa,
de ovalada construcción,
todos los hombres la tienen,
pero las mujeres, no.
El Obispo como todos
también tiene dos.
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Me puedes ver en tu piso, y también en tu nariz; sin mí no habría ricos y nadie sería feliz.
En cualquier día de la semana me verás, excepto en domingo que no me encontrarás.
Una vez en un minuto, dos veces en un momento, tres veces en mimetismo, y en cuatro, ¡no la encuentro!.
Formo parte de París, en el fin del mar me encuentro, en el principio de Roma y, del Norte, estoy en el centro.
Aunque diciendo mi nombre des tú casi un estornudo, hacha me tiene en su vientre pero mi sonido es mudo.
Soy la redondez del Mundo, sin mí no puede haber Dios, Papas y Cardenales sí, pero Pontífices no.
En la vaca estoy, en el viento voy, si en burro me ves en ortografía vas al revés.
En la luna es la primera y la segunda en Plutón. En la Tierra no se encuentra y es la última en el Sol.
Casi la lleva al principio, pancarta en la mitad y amanecer ya muy al final.
Mi sombrero es una ola, estoy en medio del año, nunca estoy en caracola y sí al final del castaño.
