Veintiocho caballeros
ataviados de levita,
que se ponen en la mesa
a jugar una partida.
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Un combate que se entabla muy lento o con rapidez; ninguno de los dos habla; las piezas son más de diez.
Miras adelante, haces ejercicio, das a los pedales, tienes equilibrio.
Alegría de niños soy por mi pausado vaivén; voy y vengo, vengo y voy y en muchos parques me ven.
Es un bonito juego: tu te vas y yo me quedo; cuento, cuento, cuento y luego voy a tu encuentro.
Para bailar me pongo la capa y para bailar me la vuelvo a quitar, porque no puedo bailar con la capa y sin la capa no puedo bailar.
Por come empieza y volar sabe, no es un avión, ni tampoco un ave.
Si sumas uno más uno evidente que da dos, y si da dos te descubro dos veces la solución de este juego de salón.
Bajo mi carpa gigante, acojo a chicos y grandes; payasos y trapecistas son típicos en mis pistas.
Cuando yo subo, tú bajas; si tú subes, bajo yo: a la misma altura nunca podemos estar los dos.
Atada a una cuerda volaba y volaba y un niño en la tierra la sujetaba.
