Adivina quien yo soy:
al ir parece que vengo,
y al venir, es que me voy.
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Chao, chao, rabito «alzao».
Mis patas largas, mi pico largo, hago mi casa en el campanario.
Soy un turco pues sustento las mujeres que me dan, con quien hago de galán; repártoles el sustento, de celos padezco afán. Roja diadema me adorna, el traje Dios me lo dio, y aunque carezco de dientes tengo fama de cantor.
Salta y salta, y la colita le falta.
Mi reinado está en el mar, soy de peso regordeta; un día, siglos atrás, me tragué entero a un profeta aunque luego lo expulsé al pensar que estaba a dieta.
Es la reina de los mares, su dentadura es muy buena, y por no ir nunca vacía, siempre dicen que va llena.
Soy señor muy elegante y excelente nadador, y puedo hacer con mi cuello signos de interrogación.
Nadie admira tu cantar, ni tus patas, ni tu pico, ya que todos quedan prendados de tu abanico.
¿Quién hace en los troncos su oscura casita y allí esconde, avara, cuanto necesita?
Un solo portero, un solo inquilino, tu casa redonda la llevas contigo.
