Alas de muchos colores
se pierden entre las flores.
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De negro y en procesión adivina quiénes son.
Un espléndido abanico que no produce pavor, sus alas, plumas y pico son reales, sí señor.
Con la primavera, llega la viajera. Su nido es de barro y su cola, de tijera.
Grandes patazas, chicas manitas, lindos colores en mis alitas, salto y no sé dónde caeré.
Te doy leche y mi lana, y para hablar digo: «beeeee», si no adivinas mi nombre yo nunca te lo diré.
Va caminando por un caminito, no tiene alas y va despacito.
Iba una vaca de lado, luego resultó pescado.
Mi reinado está en el mar, soy de peso regordeta; un día, siglos atrás, me tragué entero a un profeta aunque luego lo expulsé al pensar que estaba a dieta.
Voy con mi casa al hombro, camino sin tener patas, y voy marcando mi huella con un hilito de plata.
Anda, nada, vuela, no gasta zapato, va dejando estela.
