Grandes patazas,
chicas manitas,
lindos colores
en mis alitas,
salto y no sé
dónde caeré.
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Aunque no soy florista trabajo con flores y por más que me resista el hombre arrebata el fruto de mis labores.
Un solo portero, un solo inquilino, tu casa redonda la llevas contigo.
Es blanca como la nieve, es negra como el carbón, las patas como una vela, el cuello como una hoz.
¿Quién hace en los troncos su oscura casita y allí esconde, avara, cuanto necesita?
Tengo tinta, tengo plumas y brazos tengo, además, pero no puedo escribir, porque no aprendí jamás.
Del agua soy, tierra y aire cuando de andar me canso, si se me antoja vuelo si se me antoja nado.
Un espléndido abanico que no produce pavor, sus alas, plumas y pico son reales, sí señor.
Su padre relincha con pésima voz, su madre rebuzna y suelta una coz.
Hablo y no pienso, lloro y no siento, río sin razón y miento sin intención.
Larga y lisa, larga y lisa, llevo puesta una camisa, toda bordada, bordada, sin costura ni puntada.
