La voz me quitaron
para caminar,
y el príncipe amado,
me fue a rescatar.
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Alto y flaco caballero justiciero y soñador, que, a lomos de Rocinante, a molinos se enfrentó creyendo que eran gigantes.
No soy ave ni pez, ni soy una cosa rara, y sin ser ave ni ser nada, soy ave y nada al revés.
Mi padre me llevó al bosque y el camino señalé marcándolo con piedrecitas para así poder volver.
Todo cubierto con traje blanco, cuando aparezco a todos espanto.
Con largos vestidos de sedas y gasas, me imitan las niñas cuando se disfrazan.
Era un animal feroz, hasta pintarlo de rosa; ahora nos divierte mucho; lo feroz... ya es otra cosa.
¡Qué suerte tiene esta señorita!, que tiene una varita, y cuando la agita, te convierte en princesita.
Ella no tiene pies, y si te descuidas, parece un pez.
Echo fuego por la boca, espanto por donde voy, ¡ten cuidado!, al que se equivoca, le echa fuego por la boca.
Roe, roe en la despensa; roe, roe, roe el pan, y si tú pierdes un diente un tesoro te dará.
