Nadie admira tu cantar,
ni tus patas, ni tu pico,
ya que todos quedan
prendados de tu abanico.
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Anido en las torres, largo cuello tengo y todos los años por San Blas vengo.
¿Qué es, qué es, del tamaño de una nuez, que sube la cuesta y no tiene pies?
Por más que se suena el moco le cuelga.
Adivina quien yo soy: al ir parece que vengo, y al venir, es que me voy.
Cargadas van, cargadas vienen y en el camino no se detienen.
No lo parezco y soy pez, y mi forma la refleja una pieza de ajedrez.
¿Quién hace en los troncos su oscura casita y allí esconde, avara, cuanto necesita?
Llevo pijama a diario sin guardarlo en el armario.
Soy dama cruel, temerosa, me paseo en verde prado, y todo aquel que me mira se queda muy espantado. Yo luzco un largo vestido que en tienda no fue comprado, no fue por mano de sastre, ni medido, ni cortado.
Cuando nada en los ríos parece un tronco flotante, pero si muestra sus dientes todos huyen al instante.
