Nadie admira tu cantar,
ni tus patas, ni tu pico,
ya que todos quedan
prendados de tu abanico.
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Voy con mi casa al hombro, camino sin tener patas, y voy marcando mi huella con un hilito de plata.
Soy roja como un rubí y llevo pintitas negras, me encuentro en el jardín, en las plantas o en la hierba.
Tiene las orejas largas, tiene la cola pequeña, en los corrales se cría y en el monte tiene cuevas.
De colores verderones, ojos grandes y saltones, tenemos las patas de atrás muy largas para saltar.
Es que el pobre ve tan poco que tampoco mira ya, topa que topa que topa, con la topa lo hallarás.
Iba una vaca de lado, luego resultó pescado.
Un bichito verde sobre la pared, corre que te corre, busca qué comer.
Su padre relincha con pésima voz, su madre rebuzna y suelta una coz.
De tierra morena vengo, estirando y encogiendo, amárrenme las gallinas, que a los perros no les temo.
Por aquel camino va caminando quien no es gente; adivínelo el prudente que el nombre se quedó atrás.
