Nadie admira tu cantar,
ni tus patas, ni tu pico,
ya que todos quedan
prendados de tu abanico.
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El roer es mi trabajo, el queso mi aperitivo y el gato ha sido siempre mi más temido enemigo.
Mamífero rumiante de cuello alargado, por el desierto, errante, siempre anda jorobado.
Alas de mil colores y se pierden entre las flores.
Mi reinado está en el mar, soy de peso regordeta; un día, siglos atrás, me tragué entero a un profeta aunque luego lo expulsé al pensar que estaba a dieta.
Su padre relincha con pésima voz, su madre rebuzna y suelta una coz.
Aunque yo llevo pijama, siempre ando muy despierta, por no servir al león de suculenta merienda.
Todo lo lleva delante, los colmillos para la lucha y la trompa para la ducha.
Por más que se suena el moco le cuelga.
Tengo tinta, tengo plumas y brazos tengo, además, pero no puedo escribir, porque no aprendí jamás.
Duro por arriba, duro por abajo, cara de serpiente y patas de palo.
