Sal al campo por las noches,
si me quieres conocer,
soy señor de grandes ojos,
cara seria y gran saber.
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Un espléndido abanico que no produce pavor, sus alas, plumas y pico son reales, sí señor.
Me roban mi vestidura porque la fuerza es su ley y visten con mis despojos desde el esclavo hasta el rey.
Si la tienes tú la buscas, si no la tienes, ni la buscas, ni la quieres.
Adivina quien yo soy: al ir parece que vengo, y al venir, es que me voy.
Va caminando por un caminito, no tiene alas y va despacito.
Desde hace miles de años hemos transportado al hombre; ahora nos lleva escondidos en el motor de su coche.
María Penacho parió un muchacho, ni vivo ni muerto, ni hembra ni macho.
Su padre relincha con pésima voz, su madre rebuzna y suelta una coz.
La jaula es su casa, su ropaje amarillo, con su canto alegra a todos los vecinos.
De tierra morena vengo, estirando y encogiendo, amárrenme las gallinas, que a los perros no les temo.
