En el principio de Roma,
tú me puedes encontrar.
Vivo en medio de París
y también al final del mar.
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¿Qué hay en semana, en minuto y en mes, pero no en hora ni en tres?
Una cosa quisicosa, de ovalada construcción, todos los hombres la tienen, pero las mujeres, no. El Obispo como todos también tiene dos.
Sin ser el padre de Adán, principio y fin del alma he sido. En medio del mar y al final de la tierra, se escucha mi sonido.
Me parezco a la serpiente y en la serpiente estoy, pon a trabajar tu mente para decirme quién soy.
Soy un palito muy derechito, y encima de la frente llevo un mosquito, que ni pica, ni vuela, ni toca la vihuela.
A la orilla del mar estoy, y sin mi no hay amor. Soy primera en el misterio y no existo en el dolor.
Me puedes ver en tu piso, y también en tu nariz; sin mí no habría ricos y nadie sería feliz.
En medio del cielo estoy sin ser sol, ni luna llena, sin ser lucero, ni estrella; a ver si aciertas quién soy.
Aunque diciendo mi nombre des tú casi un estornudo, hacha me tiene en su vientre pero mi sonido es mudo.
En cualquier día de la semana me verás, excepto en domingo que no me encontrarás.
