Un espléndido abanico
que no produce pavor,
sus alas, plumas y pico
son reales, sí señor.
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Vive en el desierto, mata a las personas, debajo de las piedras, muy bien se acomoda.
Nunca camina por tierra, ni vuela, ni sabe nadar, pero aún así siempre corre, sube y baja sin parar.
Soy pequeño y alargado, en dos conchas colocado, como no puedo nadar, me pego a las rocas del mar.
Desde hace miles de años hemos transportado al hombre; ahora nos lleva escondidos en el motor de su coche.
Del fin del estanque vengo, para mirar a los niños, a los cuales entretengo, con saltos, juegos y brincos. ¿Quién soy?
Viajeras somos de negros vestidos, debajo de las tejas hacemos los nidos.
Tiene lamparitas de luz verde y cuando es de noche las enciende.
Cerca del polo, desnuda, sentada sobre una roca, suave, negra, bigotuda.
Por más que se suena el moco le cuelga.
Voy con mi casa al hombro, camino sin tener patas, y voy marcando mi huella con un hilito de plata.
