Doce señoritas
en un mirador,
todas tienen medias
y zapatos no.
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Somos sesenta mellizos, en torno de nuestra madre, tenemos sesenta hijitos y toditos son iguales.
Son doce hermanas y todas gastan medias y, aunque, van numeradas todas son cantadas.
Me hallo en los escritorios y en las casas comerciales, todos me miran quien soy para ver lo que contengo. Mis días están contados y el día que voy a morir ya se sabe de antemano.
Estoy condenado a un año y un día; si esto es cada cuatro, ¿mi nombre, sabrías?
Doce son los hermanitos, uno es el benjamín, siete son los mayorcitos y los cuatro restantes los más pequeñitos.
Soy un caballero muy aseñorado, tengo doce damas para mi regalo, todas van en coche y gastan sus cuartos, todas usan medias, pero no zapatos.
Aquí estamos doce hermanos; yo, que el segundo nací, soy el menor entre todos: ¿Cómo puede ser así?
¿Qué cosa no ha sido y tiene que ser, y que cuando sea dejará de ser?
Corre más que un ciclista, nunca da marcha atrás, si lo pierdes de vista, ¡cómo envejecerás!
De siete en siete vamos cogiditos de las manos.
