En un castillo redondo,
doce caballeros
de guardia están;
un flaco lancero
y un gordo escudero,
marchan al compás.
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Doce palomitas en un palomar, a la hora y a los cuartos salen a volar.
Brazos tengo desiguales y a mi ritmo se mueven los mortales.
Cuando apenas he nacido, mi vida se acaba al punto; aunque no soy el primero, lo sigo por todo el mundo.
Nos llegan muy de mañana y se van mucho después, regresan cada semana y cuatro veces al mes.
Corre más que un ciclista, nunca da marcha atrás, si lo pierdes de vista, ¡cómo envejecerás!
Aquí estamos doce hermanos; yo, que el segundo nací, soy el menor entre todos: ¿Cómo puede ser así?
Juntos dos en un borrico, ambos andan a la par, doce leguas anda uno y una el otro nada más.
Me hallo en los escritorios y en las casas comerciales, todos me miran quien soy para ver lo que contengo. Mis días están contados y el día que voy a morir ya se sabe de antemano.
Somos sesenta mellizos, en torno de nuestra madre, tenemos sesenta hijitos y toditos son iguales.
¿Qué día será, que entre el sábado y el lunes está?
