Hay un hijo
que hace nacer
a la madre
que le dio el ser.
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Sin vacación en sus cursos, al principio son pequeños, suelen nacer en montañas y morir de marineros.
Vuela sin alas, silba sin boca, azota sin manos y tú ni lo ves ni lo tocas.
Es tan humilde y tan buena que hasta se deja pisar; para el almuerzo y la cena la vaca la va a tomar.
Aparece por delante, por los lados, por la espalda, te descuidas un instante y te levanta la falda.
Cuatro puntos son y para distinguirlos necesitamos del sol.
Hay un hijo que hace nacer a la madre que le dio el ser.
Un convento bien cerrado, sin campanas y sin torres y muchas monjitas dentro, preparan dulces de flores.
El cielo y la tierra se van a juntar; la ola y la nube se van a enredar. Vayas donde vayas siempre lo verás, por mucho que andes nunca llegarás.
Desde el día en que nací, corro y corro sin cesar: corro de noche y de día hasta llegar a la mar.
En el cielo soy de agua, en la tierra soy de polvo, en las iglesias de humo y mancha blanca en los ojos.
