Hay un hijo
que hace nacer
a la madre
que le dio el ser.
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Desde el día en que nací, corro y corro sin cesar: corro de noche y de día hasta llegar a la mar.
Alto, alto, como un pino, pesa menos que un comino.
Es una enorme naranja pero de zumo salado, los gajos se le suponen entre un par de meridianos.
Vuela en el aire, pace en la tierra, se posa en los árboles, anda en la mano, se deshace en el horno y se ahoga en el agua.
Nicanor tenía un barco y con él surcaba el río; ¿era este un barco pequeño o este era un gran navío? Lee despacio, Encarnación, y hallarás la solución.
En el cielo soy de agua, en la tierra soy de polvo, en las iglesias de humo y mancha blanca en los ojos.
En mí se mueren los ríos, y por mí los barcos van, muy breve es el nombre mío, tres letras tiene no más.
Hay un hijo que hace nacer a la madre que le dio el ser.
Aparece por delante, por los lados, por la espalda, te descuidas un instante y te levanta la falda.
Lleva años en el mar y aún no sabe nadar.
