Hay un hijo
que hace nacer
a la madre
que le dio el ser.
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Aparece por delante, por los lados, por la espalda, te descuidas un instante y te levanta la falda.
Lleva años en el mar y aún no sabe nadar.
Llevo, sin ser arlequín, de colores mi librea, yo salgo de tarde en tarde y espero siempre a que llueva.
En verano barbudo y en invierno desnudo, ¡esto es muy duro!
Nazco y muero sin cesar; sigo no obstante existiendo, y, sin salir de mi lecho, me encuentro siempre corriendo.
Como el algodón suelo en el aire flotar, a veces otorgo lluvia y otras, sólo humedad.
Él es tío sin sobrinos, a todos calienta igual. Si no sabes de quién hablo, tras la primavera vendrá.
Lomos y cabeza tengo y aunque vestida no estoy, muy largas faldas mantengo.
Desde el día en que nací, corro y corro sin cesar: corro de noche y de día hasta llegar a la mar.
Un convento bien cerrado, sin campanas y sin torres y muchas monjitas dentro, preparan dulces de flores.
