Hay un hijo
que hace nacer
a la madre
que le dio el ser.
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Un convento bien cerrado, sin campanas y sin torres y muchas monjitas dentro, preparan dulces de flores.
Vuela sin alas, silba sin boca, azota sin manos y tú ni lo ves ni lo tocas.
Cuatro puntos son y para distinguirlos necesitamos del sol.
Es una enorme naranja pero de zumo salado, los gajos se le suponen entre un par de meridianos.
Lomos y cabeza tengo y aunque vestida no estoy, muy largas faldas mantengo.
Aparece por delante, por los lados, por la espalda, te descuidas un instante y te levanta la falda.
Son mis colores tan brillantes que el cielo alegro en un instante.
Desde el día en que nací, corro y corro sin cesar: corro de noche y de día hasta llegar a la mar.
Nazco y muero sin cesar; sigo no obstante existiendo, y, sin salir de mi lecho, me encuentro siempre corriendo.
Él es tío sin sobrinos, a todos calienta igual. Si no sabes de quién hablo, tras la primavera vendrá.
