Llanura blanca con flores negras;
cinco bueyes aran en ella.
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Campo blanco, flores negras, un arado, cinco yeguas.
Jamás aprendí a escribir y soy muy gran escribana y, con invención galana, te suelo siempre servir sin cansar tarde y mañana.
Muy chiquito, chiquitito, que pone fin a lo escrito.
Como una ametralladora se escucha mi tableteo; pero estoy en la oficina, que mi oficio no es guerrero.
Con mis hojas bien unidas, que no me las lleva el viento, no doy sombra ni cobijo, pero enseño y entretengo.
Cae de la torre y no se mata, cae en el agua y se desbarata.
Soy pequeño, pequeñito, más con tal poder y arte que, si no me pegan bien, no van a ninguna parte.
Blancos son los campos, las semillas negras, cinco son los bueyes que el arado llevan.
Es un sabio gordinflón, si le preguntan no habla, sabe todas las respuestas, tiene todas las palabras.
No me hace falta sacar pasaje: me mojan la espalda y me voy de viaje.
