Muchas monjitas en un convento,
visitan las flores y hacen dulces dentro.
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En mí se mueren los ríos, y por mí los barcos van, muy breve es el nombre mío, tres letras tiene no más.
Son mis colores tan brillantes que el cielo alegro en un instante.
Un convento bien cerrado, sin campanas y sin torres y muchas monjitas dentro, preparan dulces de flores.
Aparece por delante, por los lados, por la espalda, te descuidas un instante y te levanta la falda.
Viene del cielo, del cielo viene, a unos disgusta y a otros mantiene.
Desde el día en que nací, corro y corro sin cesar: corro de noche y de día hasta llegar a la mar.
Vuela en el aire, pace en la tierra, se posa en los árboles, anda en la mano, se deshace en el horno y se ahoga en el agua.
Como el algodón suelo en el aire flotar, a veces otorgo lluvia y otras, sólo humedad.
Nazco y muero sin cesar; sigo no obstante existiendo, y, sin salir de mi lecho, me encuentro siempre corriendo.
Alto, alto, como un pino, pesa menos que un comino.
