Muchas monjitas en un convento,
visitan las flores y hacen dulces dentro.
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Desde el día en que nací, corro y corro sin cesar: corro de noche y de día hasta llegar a la mar.
Es tan humilde y tan buena que hasta se deja pisar; para el almuerzo y la cena la vaca la va a tomar.
Aparece por delante, por los lados, por la espalda, te descuidas un instante y te levanta la falda.
Kilómetros mido, hectolitros llevo, kilovatios doy, hectáreas mantengo.
En las regiones polares se encuentra en todos los mares.
Es una enorme naranja pero de zumo salado, los gajos se le suponen entre un par de meridianos.
Un convento bien cerrado, sin campanas y sin torres y muchas monjitas dentro, preparan dulces de flores.
Viene del cielo, del cielo viene, a unos disgusta y a otros mantiene.
Como el algodón suelo en el aire flotar, a veces otorgo lluvia y otras, sólo humedad.
Nazco y muero sin cesar; sigo no obstante existiendo, y, sin salir de mi lecho, me encuentro siempre corriendo.
