Pisados, siempre en el suelo,
recibiendo malos tratos,
y sin señales de duelo.
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Tengo cinco habitaciones, en cada una un inquilino, en invierno cuando hace frío, están todos calentitos.
De pergaminos, o sedas, o papel hechos estamos; en verano gusto damos; las manos han de estar quedas, si es que nuestro oficio usamos.
Tengo copa y no soy árbol, tengo alas y no soy pájaro; protejo del sol a mi amo, en invierno y en verano.
Dos buenas piernas tenemos y no podemos andar, pero el hombre sin nosotros no se puede presentar.
En las manos de las damas casi siempre estoy metido, unas veces desplegado otras veces recogido.
Una copa redonda y negra, boca arriba está vacía, boca abajo está llena.
Mi ser por un punto empieza, por un punto ha de acabar, el que mi nombre acierte sólo dirá la mitad.
Aunque las adornamos a ellas cuando no tenemos carreras, la gente tiene manía de no llamarnos enteras.
Tienen justo cinco dedos como la mano; se rellenan en invierno, se vacían en verano.
Nuestra dueña nos coloca uno a cada lado, siempre pendientes, siempre colgados.
