Campo blanco,
flores negras,
un arado,
cinco yeguas.
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Contengo todas las letras, los números y los signos, si me aprietan con los dedos escriben hasta los niños.
Como una ametralladora se escucha mi tableteo; pero estoy en la oficina, que mi oficio no es guerrero.
Suelo ir de mano en mano, hojas tengo y no soy flor, y aun teniendo muchas letras no soy de nadie deudor.
No me hace falta sacar pasaje: me mojan la espalda y me voy de viaje.
Nunca bien supe escribir pero soy gran escribano; bien que te puedo servir, si me tomas en tu mano.
Aunque sea tan pequeño, siempre separo y siempre detengo.
Campo blanco, semilla negra, dos que la ven, uno que la siembra.
Sin hablar puedo decir lo que mi dueño ha pensado; tengo un carro, aunque sin mula, y me muero en tres espacios.
Muy chiquito, chiquitito, que pone fin a lo escrito.
Entre mis hojas se esconden hadas, princesas y duendes. Cuando me lees de noche, sin darte cuenta te duermes.
