Dos hermanitos muy igualitos,
en llegando a viejecitos
abren los ojitos.
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Dos hermanitos muy igualitos, en llegando a viejecitos abren los ojitos.
Hoy cuando me levanté, puse uno en cada pie. Como no son los zapatos, dime tú... ¿qué puede ser?
No he de darte más razones, sin mi perderías los pantalones.
Ani lloró todo el día; perdió lo que más quería
Redondo, redondo, sin tapa, sin fondo.
Colgada voy por delante y al hombre hago elegante.
Nuestra dueña nos coloca uno a cada lado, siempre pendientes, siempre colgados.
Destacan en las orejas creyéndose independientes, van casi siempre en parejas.
Con varillas me sostengo y con la lluvia voy y vengo.
Aunque las adornamos a ellas cuando no tenemos carreras, la gente tiene manía de no llamarnos enteras.
