Jamás aprendí a escribir
y soy muy gran escribana
y, con invención galana,
te suelo siempre servir
sin cansar tarde y mañana.
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Campo blanco, flores negras, un arado, cinco yeguas.
Muy chiquito, chiquitito, que pone fin a lo escrito.
Todas las palabras sé y, aunque todas las explico, nunca las pronunciaré.
Soy blanca como la nieve, me ponen sobre una mesa, para escribir sobre mí cuanto venga a la cabeza.
Con sus páginas abiertas te va ilustrando la mente, si alguna vez lo prestaras, lo perderás para siempre.
Blancos son los campos, las semillas negras, cinco son los bueyes que el arado llevan.
Jamás aprendí a escribir y soy muy gran escribana y, con invención galana, te suelo siempre servir sin cansar tarde y mañana.
Entre mis hojas se esconden hadas, princesas y duendes. Cuando me lees de noche, sin darte cuenta te duermes.
Sin ser árbol, tengo hojas, sin ser bestia, un buen lomo y mi nombre en cada tomo.
No me hace falta sacar pasaje: me mojan la espalda y me voy de viaje.
