Mi padre al cuello la ata
y, poco a poco, la aprieta
hasta llegar a su meta.
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Aunque la quite del agua, sigue en agua.
De día llenos de carne, de noche con la boca al aire.
De pergaminos, o sedas, o papel hechos estamos; en verano gusto damos; las manos han de estar quedas, si es que nuestro oficio usamos.
Santa con nombre de flor, y, a pesar de este retrato, me confunden con zapato.
El pie tapo al instante igual que si fuera un guante.
Juntos, en ovillo, duermen los mellizos; cuando se separan, estirados andan.
Tienen justo cinco dedos como la mano; se rellenan en invierno, se vacían en verano.
Ahí vienen dos: uno se moja y el otro no.
Redondito, redondón, no tiene tapa ni tapón.
Pisados, siempre en el suelo, recibiendo malos tratos, y sin señales de duelo.
